Foro de discusión sobre la trilogía de Suzanne Collins Los Juegos del Hambre
 
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Bienvenidos al primer foro en español de la saga Los Juegos del Hambre, escrita por Suzanne Collins. En este foro encontrareis todo lo que necesiteis sobre la saga, su escritora y sus personajes, asi como juegos y concursos de todo tipo.
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 Game Over (concurso)

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Mandurria
Has ganado Los Juegos del Hambre. Felicidades, vuelves a casa
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MensajeTema: Game Over (concurso)   Sáb Oct 30, 2010 8:07 am


Alguien coge tu mano con fuerza. Levanta la vista y ves ese rostro familiar. Esa chica de tirabuzones pelirrojos y ojos amarillentos.
-Muévete.-dice, en tono bastante afable, lo que resulta extraño, ya que cualquier otro ser humano estaría ya de los nervios.
Permaneces inmóvil ante el escaparate de la tienda de discos, que está decorado con murciélagos y fantasmas de mentira, mientras tú hermana te intenta arrastrar por las calles de Londres.
Cuando consigue que te muevas, ella sigue con paso rápido y decidido avanzando por las calles de la ciudad. Tú intentas pisar dónde ella, con torpeza.
Notas unas gotas de agua sobre tú cabeza, que poco a poco se convierten en un aguacero. Ella sugiere que os metáis en algún sitio. Conseguís encontrar un bar. Entráis por el recibidor. Puede que tú hermana parezca una clienta normal, pero tú… Eres una chiquilla delgaducha de fina cabellera lisa que no pasa de los doce años. Y el traje de bruja no ayudaba demasiado a parecer algo mayor. Aún así, sientes que te agarra la mano con tal firmeza que el miedo a lo que piensen los demás desaparece.
Las mesas están repletas, por lo que os sentáis en la barra. Como no sería sensato estar ahí sin pedir nada, tú hermana pide una cerveza. Luego otra. Y, como su cuerpo no está acostumbrado al alcohol, pronto se le nota tambaleante y empieza a decir incoherencias.
Entonces, es cuando un joven de unos 27 años empieza a hablar con tú hermana. La invita a una copa. Y luego a otra. Y a otra… Siguen charlando. Hasta que solamente habla ella. Él escucha pacientemente sus blasfemias de borracha. Se desahoga contra la sociedad, los políticos… Hasta la oyes balbucear algo de que Google dominará el mundo. Está como una cuba. Y eso, a pesar de tus recién cumplidos doce años, lo sabes. Le miras, con inocencia, sin saber la que se avecina.
-Nos vamos… Ehh…-dice, borracha. Cierra lo ojos y se presiona la sien izquierda, intentando averiguar tú nombre.-Mmm… ¿Lulú?-tú nombre es Lucy, pero no importa, no en el estado en el que está.
Coge de ganchillo al hombre que acaba de conocer y va, segura, al asiento delantero del coche. A ti ese tipo no te convence demasiado. Hay algo en su mirada que hace que que se te ericen los pelos de la nuca.
Ves su coche. Sólo tiene dos plazas ¿Dónde coño piensan meterte? La respuesta llega cuando él te agarra por detrás y pierdes el conocimiento.
Te despiertas en el duro suelo. A tu lado esta tu hermana, muy desmejorada. Ella aún está dormida. O eso deseas con toda tu alma. Le miras fijamente. Desearías rajarle el cuello al cabrón que le ha hecho esto. Pero no puedes. Estás con una persona que está en otro mundo, cuatro paredes y un montón de lucecitas con forma de calabaza. O lo que es lo mismo: sola, total, completa y absolutamente sola.
Al principio buscas una salida, mueves las luces, golpeas la pared. Pero nada. Es imposible. Estás, mejor dicho, estáis encerradas. El miedo se apodera de ti. Corres como una loca por el deprimente cuartucho. Golpeas la pared, gritas y pataleas. Pero no hay forma. Al final, desistes y te dedicas a balancearte con las manos en la entrepierna. Todo se ha terminado. Pronto estarás muerta. GAME OVER. Pero esto no es un juego, esto es la realidad, por mucho que te cueste creerlo. Estás temblando. Pero, de alguna manera, consigues dormir.
Te despiertas. Intentas que las lámparas cegadoras del techo sean una de nuevo. Te pones una mano en la frente ¿Cuánto tiempo llevas así? Sea lo que sea, es el suficiente como para que tu hermana vuelva a estar de pie.
-¡Vi! –gritas, aferrando a ella. Ella vacila, pero a los pocos segundos decide cogerte en brazos.- ¡Estás bien!
Ella se ríe.
-¿Estar bien? ¡Eres tú la que lleva 18 horas inconsciente!
Bien, un dato más. Parece insignificante, pero en este mundo incoherente, algo es algo. A pesar de todo, te alegras por tu hermana y te alegras por ti, por no estar sola y lo más importante: seguir viva. Aunque esto siempre te ha preocupado. Siempre fuiste una chica con una gran capacidad de meterte en lo peor. Siempre pensando en lo mismo. Puede que te atropelle un coche, puede que te rapte un psicópata… Espera, ¡ESO YA ESTÁ PASANDO!¡Tenías razón! Las cosas malas también te pueden pasar a ti, pero tú rozabas la paranoia. Esos no son los pensamientos más frecuentes en una niña de 12 años.
Vuelves a la realidad con el visible sonido de tu hermana tragando saliba. Parece preocupada ¿Por qué?¿Acaso no sigo intacta?¿No debería de bastar, que ambas estemos perfectamente? La miras, intentando destripar sus pensamientos bajo su glacial expresión. Te mira. Sabe que quieres saber la verdad. Ya no eres un bebé. Te mereces que te digan la verdad. Y ella lo sabe.
-Bueno… Hemos hecho un trato… Tenemos que decidir quién saldrá con vida de aquí.
-¿¡Qué!?
Te esperabas de todo, menos eso. Es una crueldad tener que destinar a un ser querido a la muerte. Y una cobardía por tu parte. Pero nunca fuiste muy valiente.
-Escúchame: hablamos con él para que te puedas ir de aquí.-le miras triste. Cuando vas a abrir la boca, ella grita.-¡Y me harás caso!¡Soy la mayor!¡Y tu te jodes!-hace una pausa, mientras me tapa la boca.- Hemos tomado una decisión, quédate conmigo.
-Perfecto.-dice una voz, que surge de la nada. Una voz chillona y maliciosa.
Por una trampilla cae un martillo extrañamente grande y que pesará unos diez kilos.
Tú hermana mira con cara de sorprendida, mientras baja la mano de tu boca. Eso no era parte del trato.
-Hazlo.-dice, seria.- Hazlo de una vez.
-No puedo.-te lloran los ojos.- No puedo hacerlo. No soy lo suficientemente fuerte. ¡NO PUEDO!.-gritas cuando las lágrimas se te empiezan a deslizar por la cara
-Pues yo si.-dice, con una sonrisa maliciosa, cogiendo el martillo. Piensas que ha llegado el final y te despides silenciosamente del mundo y te cubres la cara con los brazos.
Esperas el golpe, cerrando los ojos con fuerza. No llega. Pero lo oyes. Abres los ojos, uno después del otro y lentamente, perpleja. Y lo ves. La ves, tirada, con un martillazo en la sien izquierda. Lloras, frente a ella hasta que las puertas se abren y aparece un chico, disfrazado. Tiene uno o dos años más que tu. Te mira, con tristeza, como si supiese lo que sufres. Pero no lo sabe. Nadie lo sabe. Esa chica era como tu madre. Él no lo sabe.
Le miras furtivamente, con el ceño fruncido.
-A mi… Me paso lo mismo… Mi madre…-tartamudea.- Y él… es mi padre… -continúa.- Y un monstruo. No quisiera acabar como él.
Te confundías, si que lo sabe. Y de sobra. Él convive con el gilipollas que le ha hecho eso. Él intenta seguir con su vida y su propia existencia es la prueba de su valentía. En el fondo, aprecias a ese chico del que sólo ves unos ojos verdes, del color de los de su padre, pero con una diferencia: los suyos eran afables, transmitían dulzura e inocencia. Así que te fías y dejas que te escolte por los pasillos del edificio abandonado.
Él te guía, decidido y fiable, por los corredores ¿Quién se va a olvidar del lugar en el que se acabó tu vida?
Su rostro es lúgubre y serio y sus pasos firmes. Pronto llegáis y él se para en seco, un par de pasos antes de la puerta.
-Corre.-grita.- Aprovecha.-hace una pausa. Parece haber algo en su cabeza que le distrae.- Mientras puedas…- termina susurrando.
Le miras durante un segundo, con un deje de tristeza. Pero la idea de la libertad es lo suficientemente jugosa como para que salgas corriendo por las calles oscuras. No hay ninguna poción para curar vuestro dolor.
Unos años más tarde:
Miras tú reflejo en el escaparate. Cada vez te pareces más a ella, a la persona que dio todo por ti. Esa persona que a conseguido que estés ahí, ahora. Eso te arranca una sonrisa triste. La chica del espejo te la devuelve. Sigues caminando hasta detenerte en ese dichoso antro. Le das una patada a la columna. Sigues tú camino.
El viento mece cabellera pelirroja. Las hojas vuelan en remolinos. Las notas crujir bajo tus pies. Pero no tienes frío. Sólo quieres perderte en la inmensidad de la ciudad vacía. A la gente no le gusta estar hasta las cinco de la madrugada paseando. No sólo por que mañana es un día lectivo, si no por el frío. Pero te da igual. Más daño hacen los recuerdos de aquella noche, aquella jodida noche.
Sigues caminando la penumbra de la ciudad hasta que escuchas una voz. La voz. Tan aguda y cortante como siempre. Sólo le escuchaste decir una palabra. Una triste y asquerosa palabra que anuncio su muerte: Perfecto.
-Se quién eres.-dices, con odio.
Odias a ese hombre aún más ¿Qué pretende persiguiendo a sus anteriores víctimas?
-Oh, veo que me recuerdas. Me siento alagado.-dice, maliciosa e irónicamente. Luego suelta una carcajada.- ¿De verdad creías que saldrías así porque así? No me hagas reír, por Dios. Seguro que por eso tu hermanita se suicidó ¿No crees? Sólo para verte sufrir de nuevo desde el infierno. Veo que sigues siendo la misma chiquilla ingenua de hace unos años.
Te detienes de golpe. Aprietas los dientes con tanta fuerza que temes que te revienten ¿Quién se cree?
-Si, y veo que tú sigues siendo el mismo gilipollas de hace unos años, una persona que necesita amargarle y destrozarle por completo a otros la vida para que la suya merezca la pena.-dices gritando. Pero, al darte la vuelta decides callarte la boca.
Miras el arma, con los ojos abiertos como platos. Empiezas a arrepentirte de lo dijiste, aunque sea completamente correcto. No es el mejor momento ni lugar para sacar a relucir tu carácter. Así que te limitas a mirarlo con frialdad, como te hubiese gustado morir aquella noche.
-Venga, dispara. Nadie se dará cuenta ¿Qué más dará? Además, seguro que te sientes genial después de todo. Poderoso ¿Acaso no tengo razón?-tus años de carrera en psicología están dando su fruto: él está dudando.
-¡Cierra el pico!-grita, sacudiendo la cabeza.
Oyes el chasquido de una pistola delante tuya y ves vagamente que va a apretar el gatillo. Cierras los ojos. Oyes la bala. Pero sigues viva ¿Qué está pasando?
Abres los ojos y lo ves en el suelo, desparramado de cualquier manera. Y, detrás, ves al culpable: ese chico delgado de ojos verdes dulces y amables que sostiene un arma. Él te mira, con un deje de tristeza.
No puedes evitar pensar que harías lo mismo. Por eso, tus pies te mueven hacía sus brazos. Ambos, abrazados, alejáis a los fantasmas del pasado. Juntos. Para siempre, deshaciéndoos de todo lo que os ha hecho tanto daño.
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